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sábado, 18 de junio de 2011

Dicen que huír es de cobardes.

-Ali, cariño, vete al pueblo a hacer la compra, por favor.-
-Genial, así podré montar a Cookie.¿Dónde está la silla de montar?-Pregunté mientras entraba en el establo.
-Donde siempre. En frente de las cuadras.-Respondió mi abuela con una sonrisa amable.

Eché un vistazo a la cuadra. Cookie estaba tal y como la recordaba. Del color de la canela, con una pequeña mancha blanca en la frente. Todo era como en aquellos tiempos, cuando mi único problema era con que jugar primero.
Cookie relinchó al verme entrar.
-Yo también te he echado de menos, pequeña.-
Le acaricié la cabeza. Todo era tal y como me esperaba, tan puro, tan natural como la vida misma.

Sentí que alguien me agarraba, acercándome. Sus fuertes brazos me rodeaban  el cuerpo.
El miedo surgió en mis ojos, al mismo tiempo que eran tapados por unas cálidas manos.
-¿Quién soy?-
Su voz me resultaba familiar. Me giré.
-¡Alec!¿que haces aquí?-Exclamé a la vez que me lanzaba a sus brazos.
-Mis padres han alquilado una granja, para pasar las vacaciones.¿Y tú?- Sonrió, sus azules ojos brillaron.
-Estoy en casa de mi abuela.-Descansé mi cabeza sobre su pecho.
-Te  he echado de menos.-Susurró.
-Y yo a tí.-
Nos quedamos allí abrazados, durante unos minutos. Él era tan cálido, tan cercano.

-¿Quedamos mañana?-Preguntó, mientras me subía a mi caballo.
-Claro,¿donde está la granja?-Preguntó.
-Está al lado del lago, cerca de la oficina de turismo.-Respondió con una gran sonrisa.
-¿Tienes que andar hasta allí?-Exclamé.
-Claro, nos vemos mañana a las 12.-Comenzó a andar.
-Ni se te ocurra. Tú vienes conmigo.¿Sabes montar?-
-No.-
-Bueno, ven conmigo, y te llevo hasta allí. Mañana te enseño.-Le dije, mientras le ayudaba a subirse a mi caballo.
Sus brazos abrazaron mi cintura. Sus labios se posaron en mi mejilla.
-Gracias Ali.-Susurró.-Eres la mejor.
Sonreí, y Cookie comenzó a andar, triunfante.

martes, 14 de junio de 2011

Apocalíptico, ¿o no?

Cerré los ojos, como si fuera a llevarme al pasado, como si mi alma fuera a ser salvada en pleno apocalipsis. Sin duda, nada, sería como antes, y mucho menos, volvería él.
Él. No necesitaba nada más. Como si los últimos dos meses nada hubiera ocurrido. Como si él, todavía me quisiera, como si no se hubiera ido.
Conforme mis ojos se abrían, la dura realidad volvió a mí. Brian no iba a volver, y mucho menos, quererme. Había tenido tiempo para arrepentirse de la decisión que tomó, pero en estos dos meses nada había ocurrido.
Me levanté de la cama y, lentamente, salí al pasillo.
-¿Alisson?-
-¿Que quieres, Jean?-Respondí automaticamente, en un tono más elevado del que pretendía.
-¿Vas a bajar a la cocina?-Asentí.-¿Me puedes traer un refresco?-
-¡Serás vago! Mueve el culo y baja tú.-Respondí, y antes de que pudiera replicar, bajé corriendo las escaleras. Le oí soltar una palabrota.
-Ya verás cuando se lo diga a mamá.-Exclamé, mientras entraba en la cocina.
Cogí una manzana, que mordí creando un ruido sordo. Me senté en el sofá del salón, y me quedé inmersa en mis pensamientos.
¿Por qué? No iba a volver, ni tampoco mi alma, que se había llevado en el mismo instante en el que él se marchó. Me sentía incompleta, como si mi alma hubiera sido arrancada, dejando tras si un gran vacío. Cada vez me constaba más sonreír, que mis labios se curvaran y mis mejillas se tensaran.
Una lágrima resbaló por mis pómulos, en el silencio de una mañana de Julio. Sentí la puerta principal abrirse.
-Alisson, ¿Estás en casa?-
-Sí, mamá.-Respondí, girando la cabeza por encima del sofá.
-Creía que irías al lago, como todos los años.-Dijo extrañada.-Ha llamado la abuela, y me ha dicho que te hecha de menos, y que nunca te ve.

Probablemente, una visita al rancho de mi abuela conseguiría llenarme de nuevo. La idea me agradó.
-¿Que te parece si voi para allí a próxima semana, y vuelvo antes de mi cumple, la primera semana de agosto?-Propuse.
Mi madre abrió la boca, sin reparos.
-Claro, cariño, prepara tus cosas, puedes coger el tren el próximo viernes.- Dijo, aún sorprendida.

Los días previos a mi partida fueron, fueron los mejores hasta el momento. Tenía muchas ganas de ver a mi abuela, montar a caballo y disfrutar de la naturaleza. Desconectar. Irme de esta ciudad que me tenia atrapada, que me hacía sentir sola. Mi alma vagaba de forma sosegada por las calles que un día me habían parecido acogedoras, ahora frías y vacías.
El viernes llegó antes de lo esperado, como un gran regalo. Pronto, me encontraba con las maletas en la puerta, dispuesta a ir a la estación. Mi madre me llevó en el coche antes de las ocho.
-Prométeme que me llamarás todos los días.- Me dijo mientras ambas nos fundíamos en un abrazo.
-Claro mamá, ya verás como estas dos semanas se pasan rápido.-
Me metí en el tren. El  viaje fue efímero. El paisaje se iluminaba con la luz de la mañana.

Bajé del tren, una mujer de pelo canoso me esperaba impaciente. Una gran sonrisa se extendió por su anciano rostro.
-¡Abuela!-

miércoles, 8 de junio de 2011

Fin.

Al instante en el que mis ojos se abrieron, a la luz de la mañana, supe que algo iba mal. Que el 23 de Junio, iba a convertirse en una fecha con significado propio.
El temor se paseó por mi cabeza.



Días, meses, pasan ante mis cegados ojos. Nada me hacía pensar que volviesen a ser cegados por el exceso de luz, que mi corazón volvería a latir como si se me fuera a salir del pecho. Nada.

Prefacio.

Cada latido. Cada latido, era por ti. Mi pecho latía desenfrenado, por tus ojos verdes. Ojos convertidos en piedra, ojos, ahora fríos como el hielo.
Me falta esa armonía que nos unía, desgarrada directamente de mi pobre alma. La oscuridad inundó mis ojos en aquel momento, cegándome. No volví a ver las estrellas, y, mucho menos, el sol.
Me sentía atrapada en un túnel, conteniendo la respiración, esperando a que la luz me indicara el fin del sufrimiento. Que me indicara que mis pulmones pudieran llenarse de aire puro de nuevo. Fin de la agonía. Pero mis pulmones, jadeantes, luchaban por aferrarse a la vida, y con ellos, mi destartalado corazón.
La luz nunca llega, y el túnel cada vez era más inmenso.