-Ali, cariño, vete al pueblo a hacer la compra, por favor.-
-Genial, así podré montar a Cookie.¿Dónde está la silla de montar?-Pregunté mientras entraba en el establo.
-Donde siempre. En frente de las cuadras.-Respondió mi abuela con una sonrisa amable.
Eché un vistazo a la cuadra. Cookie estaba tal y como la recordaba. Del color de la canela, con una pequeña mancha blanca en la frente. Todo era como en aquellos tiempos, cuando mi único problema era con que jugar primero.
Cookie relinchó al verme entrar.
-Yo también te he echado de menos, pequeña.-
Le acaricié la cabeza. Todo era tal y como me esperaba, tan puro, tan natural como la vida misma.
Sentí que alguien me agarraba, acercándome. Sus fuertes brazos me rodeaban el cuerpo.
El miedo surgió en mis ojos, al mismo tiempo que eran tapados por unas cálidas manos.
-¿Quién soy?-
Su voz me resultaba familiar. Me giré.
-¡Alec!¿que haces aquí?-Exclamé a la vez que me lanzaba a sus brazos.
-Mis padres han alquilado una granja, para pasar las vacaciones.¿Y tú?- Sonrió, sus azules ojos brillaron.
-Estoy en casa de mi abuela.-Descansé mi cabeza sobre su pecho.
-Te he echado de menos.-Susurró.
-Y yo a tí.-
Nos quedamos allí abrazados, durante unos minutos. Él era tan cálido, tan cercano.
-¿Quedamos mañana?-Preguntó, mientras me subía a mi caballo.
-Claro,¿donde está la granja?-Preguntó.
-Está al lado del lago, cerca de la oficina de turismo.-Respondió con una gran sonrisa.
-¿Tienes que andar hasta allí?-Exclamé.
-Claro, nos vemos mañana a las 12.-Comenzó a andar.
-Ni se te ocurra. Tú vienes conmigo.¿Sabes montar?-
-No.-
-Bueno, ven conmigo, y te llevo hasta allí. Mañana te enseño.-Le dije, mientras le ayudaba a subirse a mi caballo.
Sus brazos abrazaron mi cintura. Sus labios se posaron en mi mejilla.
-Gracias Ali.-Susurró.-Eres la mejor.
Sonreí, y Cookie comenzó a andar, triunfante.
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