Cada latido. Cada latido, era por ti. Mi pecho latía desenfrenado, por tus ojos verdes. Ojos convertidos en piedra, ojos, ahora fríos como el hielo.
Me falta esa armonía que nos unía, desgarrada directamente de mi pobre alma. La oscuridad inundó mis ojos en aquel momento, cegándome. No volví a ver las estrellas, y, mucho menos, el sol.
Me sentía atrapada en un túnel, conteniendo la respiración, esperando a que la luz me indicara el fin del sufrimiento. Que me indicara que mis pulmones pudieran llenarse de aire puro de nuevo. Fin de la agonía. Pero mis pulmones, jadeantes, luchaban por aferrarse a la vida, y con ellos, mi destartalado corazón.
La luz nunca llega, y el túnel cada vez era más inmenso.
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