Cerré los ojos, como si fuera a llevarme al pasado, como si mi alma fuera a ser salvada en pleno apocalipsis. Sin duda, nada, sería como antes, y mucho menos, volvería él.
Él. No necesitaba nada más. Como si los últimos dos meses nada hubiera ocurrido. Como si él, todavía me quisiera, como si no se hubiera ido.
Conforme mis ojos se abrían, la dura realidad volvió a mí. Brian no iba a volver, y mucho menos, quererme. Había tenido tiempo para arrepentirse de la decisión que tomó, pero en estos dos meses nada había ocurrido.
Me levanté de la cama y, lentamente, salí al pasillo.
-¿Alisson?-
-¿Que quieres, Jean?-Respondí automaticamente, en un tono más elevado del que pretendía.
-¿Vas a bajar a la cocina?-Asentí.-¿Me puedes traer un refresco?-
-¡Serás vago! Mueve el culo y baja tú.-Respondí, y antes de que pudiera replicar, bajé corriendo las escaleras. Le oí soltar una palabrota.
-Ya verás cuando se lo diga a mamá.-Exclamé, mientras entraba en la cocina.
Cogí una manzana, que mordí creando un ruido sordo. Me senté en el sofá del salón, y me quedé inmersa en mis pensamientos.
¿Por qué? No iba a volver, ni tampoco mi alma, que se había llevado en el mismo instante en el que él se marchó. Me sentía incompleta, como si mi alma hubiera sido arrancada, dejando tras si un gran vacío. Cada vez me constaba más sonreír, que mis labios se curvaran y mis mejillas se tensaran.
Una lágrima resbaló por mis pómulos, en el silencio de una mañana de Julio. Sentí la puerta principal abrirse.
-Alisson, ¿Estás en casa?-
-Sí, mamá.-Respondí, girando la cabeza por encima del sofá.
-Creía que irías al lago, como todos los años.-Dijo extrañada.-Ha llamado la abuela, y me ha dicho que te hecha de menos, y que nunca te ve.
Probablemente, una visita al rancho de mi abuela conseguiría llenarme de nuevo. La idea me agradó.
-¿Que te parece si voi para allí a próxima semana, y vuelvo antes de mi cumple, la primera semana de agosto?-Propuse.
Mi madre abrió la boca, sin reparos.
-Claro, cariño, prepara tus cosas, puedes coger el tren el próximo viernes.- Dijo, aún sorprendida.
Los días previos a mi partida fueron, fueron los mejores hasta el momento. Tenía muchas ganas de ver a mi abuela, montar a caballo y disfrutar de la naturaleza. Desconectar. Irme de esta ciudad que me tenia atrapada, que me hacía sentir sola. Mi alma vagaba de forma sosegada por las calles que un día me habían parecido acogedoras, ahora frías y vacías.
El viernes llegó antes de lo esperado, como un gran regalo. Pronto, me encontraba con las maletas en la puerta, dispuesta a ir a la estación. Mi madre me llevó en el coche antes de las ocho.
-Prométeme que me llamarás todos los días.- Me dijo mientras ambas nos fundíamos en un abrazo.
-Claro mamá, ya verás como estas dos semanas se pasan rápido.-
Me metí en el tren. El viaje fue efímero. El paisaje se iluminaba con la luz de la mañana.
Bajé del tren, una mujer de pelo canoso me esperaba impaciente. Una gran sonrisa se extendió por su anciano rostro.
-¡Abuela!-
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