Me siento encerrada, encerrada en mi mundo. Mientras el señor Fitz explica la lección, yo solo pienso en él, en ese magnetismo que nos une. Pienso en sus ojos, en esa sonrisa que tanto me gusta. De pronto, oí mi nombre:
-Alison, por favor, sal a el encerado y resuelve el problema.-Te dijo el señor Fitz.
Todos, incluido Brian, se giraron hacia mi, expectantes. Despacio, recorrí la clase hasta llegar a el encerado, sintiendo las miradas penetrantes de todos mis compañeros según iba andando.
- Es correcto, puedes volver a tu sitio.-
Brian se quedó mirándome fijamente, con una media sonrisa. Suavemente pasó una mano por su pelo rubio, alborotando, haciéndole todavía más perfecto.
Me quedé mirándole, embelesada, mirando todo lo que me gusta de él, cuando escuché:
- Alison, te he dicho que te puedes sentar- Me repitió el señor Fitz, haciéndome volver a la realidad.
Volví a mi sitio, avergonzada. Súbitamente, suena la campana que anuncia el final de las clases. Recogí mis cosas, y me dispuse a salir del instituto.
Como siempre, me sen te a esperar a que mi hermana, Rachel, me viniera a buscar. El tiempo pasaba cada vez más despacio.
Oí el móvil sonar, lo cojo. Es Rachel.
-Hola Rachel-
- Alison, no puedo ir a recogerte ahora mismo, tengo una reunión muy importante de trabajo.- La verdad, no me sorprendió.- ¿Crees que podrás arreglártelas para ir andando a casa?-
-Claro, iré andando, ¿cuándo sales del trabajo?- Le pregunto.
-Estaré allí para cenar, bueno, adiós Ali.-Se despide.
- Hasta luego Rachel- Respondo.
Comencé a andar. No me sorprendió nada la actitud de mi hermana, siempre había sido así. Antepone al trabajo ante todo, incluido la familia. No era la primera vez que tengo que ir andando a casa por una de sus reuniones de última hora.
De pronto, sentí unas gotas caer en mi cara.
Comenzó a llover como nunca en el frío invierno del norte de Estados Unidos. Empecé a correr, pero después de dos manzanas, me dí cuenta de que era inútil. Llegue a una parada de autobús, y allí espere, a cubierto, a que el numero 65 parara.
Estaba empapada, sentada en la parada, esperando a que los minutos pasen. Cuando un coche negro con cristales tintados se detiene en frente de mí.
La ventanilla se baja y me dejó ver al conductor. Mire sus ojos, verdes como esmeraldas, su media sonrisa y su pelo perfectamente despeinado.
Suspiré. Era Brian.
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